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Reseña: A Rainy Day in New York

Hablar de Woody Allen, en estos tiempos, es entrar en un terreno complicado. Ha sido, innegablemente, un director prodigioso en su labor, aclamado por la crítica y los fanáticos de su tipo específico de cine. Es indudablemente un director y escritor de los más prolíficos del medio, teniendo en su haber 49 películas dirigidas, desde el año 1966, entregando prácticamente una película por año. El mismo Roger Ebert lo nombró como una joya para el cine.

Y todo esto no ha estado, para nada, libre de escándalos y decisiones de dudosa moral por parte de Allen, por decir lo menos, que por supuesto ha impregnado e influenciado fuertemente su obra. Woody Allen es un escritor transparente. Siempre lo ha sido. Viste sus influencias y sus temáticas en la manga; una y otra y otra y otra y otra vez las repite, reutiliza personajes, situaciones, ideas, escenarios, temas musicales, actrices, actores y, una vez más, actrices. Woody Allen, el neurótico director siempre al borde de un colapso de ansiedad, tiene una fascinación enfermiza con la terquedad de sus propias ideas. Se casa con ellas y no las deja ir hasta dejarlas completamente secas o reinterpretarlas de alguna u otra forma. En casos como sus personajes principales, simplemente, contrata actores más jóvenes, que cumplan sus caprichos de verse reflejado en la pantalla y pensarse en sus tiempos de juventud así como su continua fetichización de sus “musas” femeninas, cada vez más jóvenes que la anterior.

La controversia no ha dejado a Allen “en paz” desde hace años. Décadas, para ser precisos. Hay casos en los que “separar al artista del arte” resulta sencillo. Obras que podría discutirse que se pueden separar y no sufrir en absoluto ni la integridad de la obra ni el juicio necesario al autor. Pero, en el caso de Allen, es imposible hacerlo. No podemos ignorar todo su historial cuando intentamos interpretar una obra tan personal para él, una obra que nace completamente de sus propia visión del mundo, las personas y las relaciones. La estructura moral del director y sus errores personales están reflejados completamente en “Un Día Lluvioso en Nueva York (A Rainy Day in New York)”. Es imposible, entonces, pensar que se pueda ver la obra cuando puedes sentir la risilla de Woody Allen al castear a las mujeres de esta película, por ejemplo, tan jóvenes y sexualizadas. Cómo parece que escogió a las actrices que escogió, precisamente, por que, aunque ya sean mujeres adultas, ambas vienen de trasfondos infantilizados.

Recordemos, también, cómo A Rainy Day in New York viene a espaldas de una serie de graves acusaciones provenientes del movimiento #MeToo, en las que su entonces hija adoptiva, Dylan Farrow, declaraba la horrorosa historia de abuso sexual por parte de Woody Allen hacia ella cuando aún vivían en casa de su esposa, Mia Farrow. La película comenzó a producirse en el 2017 y terminó producción para 2018, teniendo un contrato de distribución por parte de Amazon Films, el cual derivó en la compañía retirándose de dicha labor por ser un filme imposible de promocionar, por lo cual, Un Día Lluvioso en Nueva York estuvo en el limbo sin haber sido estrenada en en Estados Unidos hasta la fecha. Por ello, y aunque la película comenzara producción antes de que el movimiento tomara fuerza, resulta sorprendente y, honestamente, nauseabundo, cómo la película parece ser una respuesta casi directa y dirigida a todos estos sucesos.

Como después de cuatro párrafos contextuales pueden imaginar, A Rainy Day in New York sufre mucho y no por la inhabilidad de nosotros de separar al autor de la obra, sino de la misma impulsividad patológica de Allen de el no mismo poder separar la obra del autor. Para Woody Allen, ambas cosas son lo mismo. Y esto arrastra invariablemente a la obra al nivel de guión, sin embargo, no puede dejar de verse impactada en la mayoría de los aspectos técnicos que conforman la producción. Y no solo los técnicos, sino que, lamentablemente, también impacta a los mismos actores y nos revela no sólo un Woody Allen problemático por sus propias decisiones de vida, sino que además, nos revela un Woody Allen cansino, innecesario, repetitivo, desconectado y, sobretodo, con un estancamiento creativo de un director viejo y necio.

Un Día Lluvioso en Nueva York es, en la forma, una comedia romántica. Cuenta la historia de la pareja de universitarios Gatsby (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning), cuyos planes para un fin de semana romántico juntos en la ciudad de Nueva York se interrumpen de manera súbita. Pronto, ambos se separan e individualmente, tienen una serie de reuniones casuales y aventuras “cómicas” mientras están solos. Y podría parecer que hasta aquí, sin complicaciones, es la trama de la película. Pero claro que siendo algo escrito por Woody Allen tiene una cantidad innecesaria de nudos y vueltas y curvas que no llevan a nada, que no proponen y no construyen algo valioso más que la necesidad masturbatoria de llenar cada escena de diálogo que parece no pasó por un proceso de edición.

Gatsby (ugh con el nombre) y Ashleigh son quienes llevan la película en hombros. Y es, creo, en ellos dos en los que los errores de Woody Allen terminan siendo más evidentes. Ellos dos, quienes deberían de ser personajes que nos transporten al maravilloso y romántico mundo del Nueva York lluvioso, ellos, quienes nos deberían de hacer partirnos de la risa con sus chistes y sus aventuras, ellos dos, de quienes deberíamos de querer conocer más, ellos que no hacen más que retrasar y limitar la película.

Gatsby y Ashleigh se sienten como personajes estereotípicos, que tienen una sola descripción, que tienen una profundidad nula, que son ponis de un sólo truco y que a la vez son repeticiones de sí mismos y de los otros antes de ellos que fueron escritos bajo el mismo molde de la mirada que tiene Allen sobre la vida. Y es una mirada que tiene décadas de no haber cambiado, una mirada cansada y francamente, obsoleta.

Chalamet y Fanning hacen un gran esfuerzo en tratar de rescatar algo que no tiene salvación. Chalamet pasa toda la película siendo una burda caricatura de Woody Allen, el personaje cinematográfico, sin permitirse explorar los rincones reales que requiere Gatsby para desarrollarse como un personaje completo. Fanning como Ashleigh resulta horripilante. Fanning lo intenta y da su mejor esfuerzo, el cual termina siendo infructuoso una y otra vez al verse detenida por los chistes machistas a los que es sometida (en la película hay un chiste estupidísimo en el que nombra directores de cine y sus nacionalidades de manera incorrecta. Para, por supuesto, rematarlo con una risita coqueta, inocente e infantil), Ashleigh es sureña, es una niña de poco mundo, tiene grandes aspiraciones pero es ignorante y no ha leído a los autores oscuros de la filosofía y la literatura de regiones exóticas que ha leído Gatsby. Ashleigh es una ficha salvaje, un comodín que utilizan los hombres de esta película para intentar olvidar sus propias cotidianidades, hombres que creen que se enamoran de ella y hombres que creen que están dando algo a cambio, algo positivo para ella, que le aportan algo diferente en su vida; hombres y personajes con los que no conecta emocionalmente en nada y de los que es meramente un receptor de sus berrinches y deseos carnales. Porque eso es todo lo que es. Y Woody Allen tuvo la oportunidad de hacer un comentario al respecto, de examinar realmente lo terrible que es el actuar de estos hombres y lo injusto que es para un personaje puro como Ashleigh, pero no, Allen decide fetichizar a Fanning, poniéndola en escena semidesnuda, víctima a final de cuentas de los buitres y monstruos que La Gran Ciudad tiene detrás. Pero, todo esto, no lo externa. Todo esto es su culpa, todo esto ella se lo buscó y es lo que merece por no estar a la altura del gran Gatsby, un personaje insoportable, petulante y despreciable, con aires de grandeza que ni siquiera puede darse cuenta que es un niño intentando pretender que todo lo conoce y sabe más que todos.

Y no es algo exclusivo que le acontece a Fanning y a su personaje, sino que todas las mujeres en esta película son tratadas de la misma forma. Otro caso es el de Selena Gomez, quien interpreta al nuevo romance de Gatsby, una chica rebelde, quien es menor en edad que él y quien tenía un crush con él cuando tenía, supongo, como quince años, quien sí es culta y no es de Texas como Ashleigh. Selena Gomez simplemente está ahí para mojarse con Gatsby, hacer comentarios mordaces acerca de su relación con Ashleigh (aunque no conozca nada en absoluto de ella o nada, realmente, de Gatsby salvo sus pretenciosas y cortísimas conversaciones), desaparecer por 3/4 de la película y regresar al final, como el premio que obtiene Gatsby por haber descubierto que él es un hombre de ciudad y no puede seguir perdiendo su tiempo con la pueblerina de su novia. Él vale más que eso, oigan.

Los personajes masculinos, no solo Gatsby, son un reflejo del director. Gatsby es la versión joven de él, una versión casi exacta de lo que el imaginario colectivo tenía de Allen hace décadas. Liev Schreiber interpreta a un director del que Ashleigh se enamora, un director desilusionado con la comercialidad del cine y quien se siente atrapado e incomprendido. Jude Law es su guionista, otra de las facetas evidentes de Allen y, por último, Diego Luna, la sensual super estrella latina que representa el ego masculino. Todos estos personajes, terribles y unidimensionales en sí mismos, quienes están como meras anécdotas en la historia general y que no ayudan a nuestros personajes, realmente, a descubrir nada o a llegar a algún lado.

Técnicamente, uno esperaría que, con el paso de los años, Allen ya no tuviera qué demostrar nada y, sin embargo, esta es una película visualmente mala. La iluminación es basura, una iluminación que nunca funciona, que nunca propone nada y que hace que los personajes y las situaciones resulten burdas. Entiendo el propósito de que sea así, pues la cinematografía trabaja en la misma función. En la mayoría de las escenas se puede inferir que la iluminación es natural, que depende completamente de lo que los focos de los alrededores proporcionen y, francamente, pocas veces funciona. Regresando a la cinematografía y al diseño de producción, esto es nulo. Los interiores y los exteriores son aburridos, no dicen nada, no nos presentan una visión envidiable de Nueva York sino que se puede sentir que nos están dando pequeñas dosis de una realidad forzada por motivos presupuestales, con escenarios que son completamente dependientes de lo que en ese momento pudieron conseguir.

A Rainy Day in New York, resulta pues, una película profundamente innecesaria. Una película en el que tanto el diálogo, la trama, la producción, la cinematografía y las actuaciones y hasta la música, que en su momento podría ser de las cosas más decentes dentro de las producciones de Allen, son arrastradas completamente a un pantano por la terquedad senil de Woody Allen, una terquedad que no hace más que herir y mancillar su ya manchada reputación y que nos da para pensar, seriamente, hasta cuándo el público tiene qué soportar al artista, aunque este esté lejos de ser una mera sombra de lo que en algún momento fue y aunque este esté rodeado de un historial de actos despreciables, los cuales, parece, aplaude de forma burlona desde su propia obra.

Voltron Castellanos

Editor en Jefe en @pixelzila /Tanooki Kamikaze / In Absentia Luci, Tenebrae Vincunt / Domador de Erizos/ No soy Otaku/ Experto en Gengars
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